Me iré. Haré un viaje. Sí, lo he decidido hoy. Lo he decidido ahora, mientras estoy sentada en esta ruidosa cafetería donde sólo se escucha el estrepitoso ruido de platos y tazas cuando tropiezan unos con otros al llegar a la pila del fregadero. Solamente pasa desapercibida esa musicalidad desacompasada cuando la potente voz del camarero grita una comanda.
Procuro abstraerme del ruido observando el girar concéntrico del café con leche en mi taza, mientras remuevo el azúcar con la cucharilla. Seguramente ya esté frío. Pediré otro. No me gusta el café frío.
De nuevo quiero marcharme para luego, cuando llego a mi destino, querer retornar. Me sucede lo mismo desde hace tres años. Desde que aquello empezó a ser un recuerdo. Me pregunto, siempre me pregunto, cómo tres días y cuatro encuentros esporádicos, alguno incluso desafortunado, pueden permanecer tanto tiempo en la retina de la memoria, o anclarse en ella. No hace falta alimentar ese recuerdo, NO. Resurge de vez en cuando. A veces alegra mi cotidianidad, otras la sumerge en una boria cargada de nostalgia e incluso melancolía (leí hace mucho una definición maravillosa sobre esta palabra: “entonces había tristeza y humor, es decir, melancolía…”). Sí, se juntan la tristeza y el humor. El humor, las risas, la alegría que acompañaron a aquellos momentos. La tristeza de tener que recurrir al recuerdo para poder seguir adelante, para saber que en algún momento hubo vida en mi vida.
Tres platos con sus correspondientes tazas han llegado al fregadero. De nuevo ese ruido. No creo que pueda beberme este café. Está helado. ¡Viajar! Estúpido recurso para intentar no recordar. Nada libera mi pensamiento. Nada me ayuda a olvidar.
¡Qué fácil sería olvidar! Tal vez olvidando nos permitiésemos vivir otra vez. No tendríamos miedo. No recordaríamos lo sufrido. Odio esta tristeza. Esta tristeza que me arrastra, que me hunde en ese pozo abisal del que intento huir cada día pero que cada día me aprieta, me estruja, me succiona.
Pasa el tiempo y nada cambia. La albergada esperanza de revivir lo no olvidado se convierte en desesperanza. Vives o, mejor, estás aquí porque respiras. Vives, estás aquí, aunque te duela. ¿Cómo dice aquella canción? …”ya he dejado que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro…” Duele, sí. Cómo duele vivir, a veces.
Pediré otro café. Hace rato que no grita el camarero.
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