martes, 11 de enero de 2011

Mensaje en una botella

Una vez escribí un mensaje, lo metí en una botella y la lancé al mar. Imaginé que llegaría a alguna orilla, que alguien lo leería y escribiría una respuesta aunque barajé la posibilidad contraria. Sucede lo mismo con este blog. Cuando escribo me siento como aquel día, cuando metí aquel mensaje en aquella botella. Tal vez alguien lo lea y responda y tal vez no sea así. No importa. Servirá para que, al menos, aunque sea en solitario, pueda desahogarme.

Así que..., empiezo.

Hoy supe, aunque no es nada nuevo, que debido a los incendios que hubo  en Rusia y a las inundaciones que hubo en China puede subir el pan en Galicia, por incremento del precio del pienso. ¿Es esto a lo que nos lleva la globalización? Siempre, viéndolo a mi manera, estuve a favor de la globalización. No sé si tanto a favor como algo "necesario", como nos hicieron ver, si no más bien como algo que no me parecía mal. Incluso quise verle alguna ventaja. Seguramente las tiene, aunque no sean las que yo le veo, aunque ahora no ahondaré en eso. Sí me pregunto porqué habiéndonos abastecido hasta ahora de nuestro trigo y habiendo sido éste suficiente para cubrir nuestra demanda, a qué viene incrementar los precios porque sube el precio del trigo en Rusia y en China. ¿Por qué  --y disculpen si parece ingenua la pregunta-- tenemos que importar productos de otros países cuando los tenemos aquí?

Sé que hay más de una respuesta. Ninguna me convencerá, lo siento, sobre todo porque defenderá intereses meramente capitalistas.


http://www.elmundo.es/elmundo/2010/08/29/galicia/1283078841.html

miércoles, 15 de diciembre de 2010

se empaña la ilusión

Me iré. Haré un viaje. Sí, lo he decidido hoy. Lo he decidido ahora, mientras estoy  sentada en esta ruidosa cafetería donde sólo se escucha el estrepitoso ruido de platos y tazas cuando tropiezan unos con otros al llegar a la pila del fregadero. Solamente pasa desapercibida esa musicalidad desacompasada cuando la potente voz del camarero grita una comanda.  

Procuro abstraerme del ruido observando el girar concéntrico del café con leche en mi taza, mientras remuevo el azúcar con la cucharilla. Seguramente ya esté frío. Pediré otro. No me gusta el café frío.

De nuevo quiero marcharme para luego, cuando llego a mi destino, querer retornar. Me sucede lo mismo desde hace tres años. Desde que aquello empezó a ser un recuerdo. Me pregunto, siempre me pregunto, cómo tres días y cuatro encuentros esporádicos, alguno incluso desafortunado, pueden permanecer tanto tiempo en la retina de la memoria, o anclarse en ella. No hace falta alimentar ese recuerdo, NO.  Resurge de vez en cuando. A veces alegra mi cotidianidad, otras la sumerge en una boria cargada de nostalgia e incluso melancolía (leí hace mucho una definición maravillosa sobre esta palabra: “entonces había tristeza y humor, es decir, melancolía…”). Sí, se juntan la tristeza y el humor. El humor, las risas, la alegría que acompañaron a aquellos momentos.  La tristeza de tener que recurrir al recuerdo para poder seguir adelante, para saber que en algún momento hubo vida en mi vida.

Tres platos con sus correspondientes tazas han llegado al fregadero. De nuevo ese ruido. No creo que pueda beberme este café. Está helado.  ¡Viajar! Estúpido recurso para intentar no recordar. Nada libera mi pensamiento.  Nada me ayuda a olvidar.

¡Qué fácil sería olvidar! Tal vez olvidando nos permitiésemos vivir otra vez. No tendríamos miedo. No recordaríamos lo sufrido. Odio esta tristeza. Esta tristeza que me arrastra, que me hunde en ese pozo abisal del que intento huir cada día pero que cada día me aprieta, me estruja, me succiona.

Pasa el tiempo y nada cambia. La albergada esperanza de revivir lo no olvidado  se convierte en desesperanza. Vives o, mejor, estás aquí  porque respiras. Vives, estás aquí,  aunque te duela. ¿Cómo dice aquella canción? …”ya he dejado que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro…” Duele, sí. Cómo duele vivir, a veces.

Pediré otro café. Hace rato que no grita el camarero.